III - Lo que natura non da

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III
Amelia vive sola. No tiene familia ni amigos, siquiera perro o gato. No hay fotos sobre la cómoda de su habitación. Trabaja, sí. Es prostituta. Y está cansada de serlo. Decide, una vez más, que a partir de mañana su vida cambiará por siempre. Comprará el diario y revisará la oferta de empleo en los clasificados. Marcará algunos con la lapicera. Se alistará con la mejor falda y la mujer blusa que una puta pudo pagar. Y marchará por una ciudad llena, en busca de un futuro que sueña pero que nunca tendrá. Y así será por la mucha obstinación que le pone a su pasado, por lo mucho poco universo que es el mundo: entre sus experiencias laborales cuenta la de su cansancio.

III - Lo que Natura non da

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II
La llamaremos Amelia.

*Modelo: Diana Mendeguia.  

III - Lo que Natura non da

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I
La claridad fantasmal de entre cortinas le pega en el rostro y se le hace la resaca. Se toma la frente con una mano mientras se incorpora de la cama con la otra, apoyándola sobre el cuerpo de un hombre que apenas recuerda, un hombre desnudo a su izquierda. Se pone de pie. Está en bombacha y corpiño. Camina tres pasos y se sienta en una mesita al lado del ventanal. Toma un cigarrillo, lo prende y se pone a fumar, adivinando figuras en las cicatrices de la mesa. Entre las marcas encuentra un conejo. Follow the white rabbit.  

II - Fading out

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VII
Oculto en el nido de musgo y ramas, escuchó unos susurros y, luego, unos pasos que se aproximaban. Pensó, en seguida, que el brujo había botoneado su paradero y reflexionó con urgencia sobre la traición. Rápidamente, llegó a una conclusión: tanto sus actos como los del brujo serían puestos a merced de la balanza providencial de la vida y, cuando llegara el momento, sentirían ambos el escarnio de los siglos en sus almas. "Cuando te llegue, me recordarás", maldijo.

II - Fading out

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VI
Y ni bien el chamán hubo pronunciado esto, los flashes azules de un patrullero colorearon la nuca de Jorge. Una vecina de ruleros y en pijamas que había salido a sacar su basura, encontró uno de los brazos mutilados en el container de la cuadra. La Policía no tenía aún identificados ni a la víctima ni al victimario: la única pista, la que había llevado al oficial a esos campos en La Matanza, era la inequívoca descripción de un canillita, de un Twingo verde que iba regando partes humanas por la ciudad. La luz de una linterna iluminó, ahora, el rostro de Jorge, que no pudo ver más que la silueta del cana. Antes de correr, buscó con la mirada al brujo, pero ya no estaba allí. Tampoco la choza de techo de paja. Luego, corrió, corrió y corrió. Y se escondió en el estómago de un árbol caído.