VI

Y ni bien el chamán hubo pronunciado esto, los flashes azules de un patrullero colorearon la nuca de Jorge. Una vecina de ruleros y en pijamas que había salido a sacar su basura, encontró uno de los brazos mutilados en el container de la cuadra. La Policía no tenía aún identificados ni a la víctima ni al victimario: la única pista, la que había llevado al oficial a esos campos en La Matanza, era la inequívoca descripción de un canillita, de un Twingo verde que iba regando partes humanas por la ciudad. La luz de una linterna iluminó, ahora, el rostro de Jorge, que no pudo ver más que la silueta del cana. Antes de correr, buscó con la mirada al brujo, pero ya no estaba allí. Tampoco la choza de techo de paja. Luego, corrió, corrió y corrió. Y se escondió en el estómago de un árbol caído.